martes, 13 de mayo de 2014

El memo madrugador

Si es que no voy a aprender nunca. 
Siempre tropezando con la misma piedra, siempre en la misma esquina, siempre por la mañana, demasiado pronto para mi y tarde para ella. 
No, no aprenderé nunca, mi sistema operativo está contagiado por el virus de la idiotez. ¿O es la fatiga general la que a las 5 de la mañana me impide razonar? 
Es posible, es muy probable que fueran las dos cosas. 
"Son 10€ la mamada, guapetón y 25 el completo" -me dijo el primer día. 
"Pero vente antes. ¿Vale?" 
Y yo le doy 5€ todos los días, es lo que mi madre me da diariamente para cigarrillos. 
Si, tengo 38 y aun vivo con ella. ¿Pasa algo? 
Pero no me paro, no, sigo porque tengo que llegar temprano, pero dejo que la cuenta aumente durante los días que siguen. Y llega el viernes, y yo con muchas ganas, salgo dos minutos antes, aunque sé que con uno me sobra, y siempre me encuentro a otra en la esquina y yo memo madrugador... sin tabaco toda la semana.   


miércoles, 7 de mayo de 2014

Vecinos

Un día reventaré, bajaré, derribaré tu puerta, te cortaré la lengua y me la comeré, luego esparciré tus entrañas por el suelo, te cortaré la cabeza y la empalaré como trofeo mas preciado en el palo de la escoba con la que tantas veces golpee el suelo cuando tu voz chillona traspasaba el forjado de hormigón y la baldosa de cerámica de mi viejo piso, despertándome los domingos por la mañana, ahuyentando a Morfeo por las noches mientras dormía, cubriendo la voz de mi señora mientras me hablaba, bajando mi erección mientras follaba, tapando hasta el sonido de la televisión mientras la miraba. 
Si, un día reventaré, pero hoy no y mañana tampoco, quizá nunca, posiblemente nunca, porque desde ayer mi casa es una celda en el centro penitenciario de Cuenca. Me encerraron sin razón por abrirle la cabeza con sus altavoces para luego degollarle con los vinilos que pinchaba día y noche, noche y día, el de arriba.  


jueves, 1 de mayo de 2014

Esencia compartida

Te veo en el espejo. Eres mas viejo, mas gordo y mas calvo. No te odio, pero tampoco te quiero. 
Cuando el puño golpea tu careto confuso no te apartas, recibes el golpe, recibes tu castigo de forma natural. Los añicos caen estrepitosamente rodeando mis pies. Me agacho y cojo un trozo con mis dedos gordos cual salchichas. Un hilo de sangre se escurre por unos de los filos del trozo puntiagudo, por debajo de tu mirada vacía que busca la mía. 
No quiero verte, me agotas, no te miro, no mereces mi atención. Estampo el trozo de cristal junto con tu mirada contra la pared. Las esquirlas rebotan y se clavan en mis pupilas. 
Me escuecen los ojos y esperanzado miro otra vez hacia mis pies buscándote entre los añicos. Si estas, ya no te veo. 
Es perfecto. 
Entre lagrimas rojas y vista borrosa es mas fácil compartir indeseable esencia.